Hubo una época en que los juguetes eran tan sencillos como un trozo de papel, y un papel lleva a una pluma, y una pluma a un procesador de texto, y todo puede derivarse en unas líneas, un poema, y por último, un libro sin más pretensiones que tocar corazones, vomitar cariños por las esquinas y, como no, exorcizar algún que otro demonio a golpe de tijera. Porque en este libro hay muchas cosas, pero sobre todo hay poesía por todas partes / hay cristales en el aire / y luces debajo de la acera. Y los versos, como los juguetes, se pueden llevar en un bolsillo. Para cuando sean imprescindibles.